Destino final
Siempre fue una persona inquieta, curiosa y soñadora. Viajaba todas las mañanas a primera hora realizando el mismo recorrido: partía de Hostafrancs dirección La Pau previo transbordo en Urquinaona. Trabajaba como diseñadora de maquinaria naval y éste la entusiasmaba. Solía imaginarse tripulando un barco y llegar a visitar todas las islas existentes en el Mar Egeo; le apasionaba la cultura griega.
Esa rutina se rompió el primero de diciembre de 1999 repentinamente. Un ruido la sobresaltó y se dio la vuelta para observar atónita como las puertas de hierro que la separaban del exterior se cerraban de manera repentina y automática. Con los ojos abiertos como nunca y sus pupilas dilatadas por el sobresalto vio como poco a poco las paredes llenas de ornamentadas piezas ceramicosas parecían desquebrajarse a su alrededor y el techo parecía hundirse. Corrió en dirección al andén y cogió el primer metro. Le daba igual la dirección; solo quería escapar de allí. Recordó la palabra Samos, quizá porque aquella noche soñó con un antiguo examen de filosofía donde la interrogaron sobre el gran genio matemático. Desolada y asustada observó cómo no había nadie y aquella imagen no le resultó alentadora. Se sentía terriblemente sola y tensa, pero no había vuelta atrás; el tren había acelerado. De repente una voz metálica resonó desde la lejanía de los altavoces y pudo oír aquello de “Propera parada…Urquinaona”. Quedó sobresaltada y salió huyendo del lugar. No comprendió nada hasta ascender al exterior. Aquello era el mar y a lo lejos una gran isla con grandes acantilados y grandes playas. ¡Era la isla de Samos! En ese momento le embargó una sensación de plenitud indescriptible pero pronto un violento golpe de aire transformado en ola gigante la despertó de su ensimismamiento. Una vez más se encontraba bajando las escaleras y fue consciente de la palabra que sobrevoló en aquél instante su mente: Ikaria. ¿Qué sentido tendría aquella palabra? se preguntó en voz alta resonando en aquél viejo túnel. Volvió a relacionarla con su encuentro onírico de aquella noche en la vieja playa barcelonesa de la Vella-Icària y que la hizo estremecer. Bajó al andén y el tren arrancó repentinamente. Tuvo que agarrarse para no caer al suelo y tuvo la sensación de que ascendía y descendía, giraba en una dirección y otra hasta volver a escuchar aquello de “Propera parada…Ciutadella-Vila Olímpica”. Tuvo que salir corriendo del vagón puesto que se estaba inundando por momentos y al subir las escaleras descubrió con una sonrisa en los labios que se trataba de la isla de Ikaria, con su inigualable centro termal. Esta vez, una tormenta de arena la obligó a correr en dirección, una vez más, del próximo tren. Estaba extasiada y maravillada a la vez. Amor fue la siguiente palabra que la sobresaltó ya de forma consciente y decidida bajó las escaleras. Se sentó en el vagón lleno de arena por la tormenta desatada, y esperó a escuchar con los ojos cerrados y murmurando para sí “Propera parada… Selva de Mar”. Tranquila ascendió por los pasadizos hasta vislumbrar a lo lejos la isla más bella que jamás pudo imaginar. Era Lesbos.
Allí se estiró sobre la arena para sentir el calor recorrer sus helados pensamientos y descansar por fin en dirección a su destino final: La Pau.
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Cristina -