Rubianes: el filósofo cómico
Rubianes somos todos. Esta frase sería y es el sentir de gran parte de sus seguidores cuando pensamos en el Rubianes como persona. Claro y directo como pocos, o casi ninguno, podríamos decir que este gallego conseguía más cosas sobre un escenario en una sola actuación que otros artistas en toda su carrera teatral. Lo digo así porque él era todo el espectáculo: sin adornos ni efectos especiales; él hacía de todo, y además muy bien. Y digo muy bien no porque sus reflexiones fueran morales y elevadas útiles para educar u orientar a la población –que también lo hacía pero a su manera durante las múltiples entrevistas que concedió en vida-, sino por la capacidad de entretener, de transmitir, de manifestar y de divertir a la gente que le iba a ver, desde jóvenes a mayores gracias a ese carrusel de palabras y sonidos ágil, rápido, irònico, ácido y determinante. Si lo pudiera, que tan sólo lo he intentado, lo definiria como excitante. Removía la parte humorística que cada uno guardamos dentro y era capaz de sonsacar una sonrisa de una frase cualquiera, porque la interpretaba y conseguía un efecto único. Hablaba de las cosas de la vida, de la historia, de los políticos, de sus viajes, de los oficios, de sexo… todo con el menor respeto posible porque de esa manera nos libraba a todos por un rato del pudor que la sociedad nos obliga a mantener en determinadas situaciones. Ponía absolutamente todos los temas al mismo nivel; los ridiculizaba. Se reía de la vida y disfrutaba haciéndolo, se nota. Y eso hacía que le admiraras una vez más.
Tras su carácter libertario pero sensato, su compromiso por la igualdad y la calidad humanas y su rebeldía, se escondía una persona sensible y cercana que le gustaba la gente y sabía ser feliz en su ciudad, porque pocos como él sabían valorarla como él lo hacía. Pero llegó un día que enfermó gravemente y el destino fue cruel e injusto con él, aunque si bien es cierto, él disfrutó lo que pudo y más y más de una vez saldría de su boca aquello de “para lo que me queda en el convento me cago dentro”. Fue él mismo y gracias a eso hemos disfrutado de tantísimos ratos de humor e ironía inteligente. Un actor, un cómico, un monologuista de primera línea. Ojalá surgieran algunos cómicos tan libres y mordaces, ojalá la gente aprenda un poquito más de él, porque para eso nunca es tarde.
Gracias Rubianes
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