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Taller de un aspirante

La niña rusa

La niña rusa

Hoy llego temprano a trabajar como de costumbre. Cuando era joven me gustaba ir corriendo a todas partes, siempre iba con la tensión del último instante por llegar puntual y pese a saber que me estresaba no conseguía quitarme esa manía. Hasta que un buen día cambié de actitud gracias a la puntualidad milimétrica de TMB. El hecho en cuestión me costó un buen disgusto, algo parecido a peder el amor de mi vida en tan sólo dos segundos. Les contaré la historia.

Era mi segunda cita con Alba y todo parecía presagiar que las cosas entre ella y yo irían cada vez mejor pese a la incertidumbre inicial. El caso es que aquella tarde bajé las escaleras del nuevo intercambiador de Sagrera como de costumbre; rápido. Pero no fue suficiente, debía esperar tres minutos al siguiente tren y esto me haría retrasarme unos 5 minutos más o menos hasta llegar a Arc de Triomf. Cuando llegué Alba estaba alegre como de costumbre pero algo diferente le noté. No contento con esperar a que me lo contara le pregunté si ocurría algo y ella me contestó que no pero que justo antes de que llegara le había parecido ver un anuncio en los paneles de anuncios de un autobús que hablaba sobre voluntariados fuera de Europa, y que eso le había hecho pensar durente unos instantes sobre el verdadero destino de su vida. No le di demasiada importancia, la escuché y hablamos, pero pareció haber una desconexión entre la atracción que ambos habiamos sentido durante los últimos días.

Al volver a casa vi un anuncio similar en la parada de metro de Plaça de Sants donde debía cenar aquella noche con mis abuelos que decía: “Ven a Sant Petersburgo y vuelve a casa gratis”. Me quedé pensando. Mi subconsciente tramaba algo porque no podía dejar de pensar en ello. Aquella misma noche un sueño consiguió despertarme. Freud volvía a parecer en mi vida y no de forma figurada sino teórica. Entre mucha niebla aparecía acompañado de una jovencita rubia y con rasgos caucásicos, la cara fina y la mirada intensa. Yo era un niño y pasábamos los días sin a penas hablarnos; pero no era necesario. Aquella chica no fue tan solo una ilusión en mi tierna niñez. Decenas de recuerdos vinieron a mi consciente durante el sueño. Un sueño que permitió abrir las ventanas de par en par para revivir algo que fue realmente especial. Es la magia de las ensoñaciones, el poder sentir con la misma fuerza el rozar de unas manos, el tarareo de una canción, las miradas inocentes y el sentimiento de una preciosa niña hacia alguien como yo. Fue magnífico. Al día siguiente me levanté sonriente y convencido de volver a soñar con aquella niña que despertó en mi, por primera vez, los instintos más tiernos para con el sexo opuesto.

Años más tarde y ya en edad adulta uno se da cuenta de los cambios que sufre nuestra mente gracias a la experiencia. Sentimos tan distinto a cuando empezábamos a “sentir”, es tan especial aquella limpieza de espíritu, aquella mirada tierna y aquella sensación de novedad. A lo largo de los años modificamos nuestros patrones pero eso sí, nunca dejamos de sorprendernos y aprender a sentir, porque cada situación, cada viaje en metro, cada mirada y cada coincidencia sin distintos a las anteriores.

Por cierto una vez subido al metro ante mí aparece una mujer, parece algo más joven que yo. Levanta la cabeza y duda. Me levanto y con mirada firme le pregunto: ¿Eres Yana?

 

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