Dalí viaja en Metro
El reloj de la estación de Universitat marcaba las 8:30 de la mañana y mientras cubría el corto paseo que enlazaba la línea 1 con la línea 2 no pudo esquivar lo que tenía frente a sí: una pequeña exposición de cuadros alineados uno al lado del otro que ocupaban todo el vestíbulo de la estación. Era maravilloso. Tardó unos segundos en reaccionar y en ese preciso instante, todos los colores, las formas, las figuras, le permitieron descubrir el autor de aquella pequeña muestra en apenas un par de segundos. Había heredado de su abuelo la afición por la pintura del s. XX y ése era su autor favorito, el gran Salvador Dalí. Entonces recorrió despacio y embelesado todas aquellas piezas de arte y se detuvo ante uno, un majestuoso lienzo al que Dalí bautizó como “El nacimiento de una Divinidad”, y su mundo se paró. Él seguía andando pero su mente escapó a la realidad. En ese momento comenzó a reflexionar sobre las cualidades que para él debía tener un artista. Cuál debería ser tal conexión entre los sentidos y el alma para realizar semejantes obras que tenían un valor casi adimensional. Una vez en casa, bien entrada la noche, y como esclavo de su propio deseo de creación plasmó en papel lo que su mente había confeccionado.
Debería haber sido un habilidoso observador, un genio del arte visual y rara vez podría haber escapado a su procesamiento motivo o persona alguna. Vivía espectante, desenfrenadamente preparado para cualquier acción, en un estado de alerta casi neurótico. Todo ello para empaparse de vida, conocer, intentar describir la Natualeza...era insaciable, disfrutando de todo aquello con lo que se topaba. Nada le parecía trivial, objeto, persona, mirada o gesto eran para él una fuente de inspiración. De pronto, su corazón diole un vuelco: ¿por qué se debería sentir reflejado en aquellas palabras, en esta descripción del pintor vanguardista? Se sentía extraño, pero complacido a la vez y optó por continuar.
Llevando de la mano el amor por los sentidos durante toda su vida, presumo que hízose preso del afán de recibir satisfacciones procedentes del exterior que, sin demasiado esfuerzo, pretendía hacer eternas para, de este modo, enriquecer su alma. Sería un amante de la percepción visual. Según su libro “La vida de un genio”, calificó ésta como el medio más rápido, sencillo y práctico de interaccionar con el mundo, experimentarlo y tratar de comprenderlo. Tuvo la capacidad de crear una íntima relación, una indescriptible conexión entre los rayos que activaban sus vías visuales, su córtex prefrontal y su íntime. Esta última conformaba la puerta de entrada a su alma, allí donde podría saborear de forma casi cósmica, todos aquellos estímulos que merecerían el calificativo de intimísem. A partir de aquí, la capacidad de creación se basaba en la expresión artística de sus más complejos y libres sentimientos.
In sofacto buscó en él esa forma de actuar y cayó en la cuenta. Solía disfrutar de un dulce pasatiempo, y lo describió: Calibro las almas femeninas del metro de Barcelona durante mis cortos trayectos a la universidad. Pretendo darles algo de lo que tengo, aunque sea durante un mísero segundo. Sueño con que, esa mujer, al bajarse de la parada, sienta esa sensación de complicidad, un pequeño atisbo de amor mediante una simple y dulce mirada que dirijo a todas aquellas mujeres Bellas, más allá del simple aspecto físico. Desnudo sigilosamente su alma e interactúo con ellas en el más recóndito lugar de mi joven alma, recreando a la vez la suya.Me sumerjo e indago en el más mínimo gesto, exploro aquellas pulsiones que les hacen vulnerables y transparentes, intentando descubrirla y conectarme a ella. Puedo distinguir innumerables tipos de mujeres tan solo por el cariz de su mirada y el calor que desprenden sus pupilas. Aquellos pequeños ratitos los convierto en poesía, en arte subterráneo. La pasión, la brillantez o el movimiento de sus ojos al contactar con los míos provoca en mí una sensación corta y eterna a la vez, que me hacen sentir complacido con la naturaleza de los sentidos. Éstos que me aportaban tanta irracionalidad y cordura a la vez. Solamente a través de ellos podemos alcanzar el placer más absoluto, ya que abre las puertas de la Naturaleza y nos conecta con ella. Este es el verdadero sendero del arte. Ese mismo ímpetu y facilidad por descibrir tanto en algo tan resbaladizo e incorpóreo como la mirada de una mujer, es lo que le habría llevado a Dalí a entender el mundo y representarlo de tal extravagante manera. Solo a través de la investigación podemos comprender y sentir, y por consiguiente, crear. Porque sin sentidos no hay aprendizaje, sin aprendizaje no hay arte ni razón, y sin razón además de estupidez insusyace la Felicidad.
Cuando concluyó su ensayo llegó a una conclusión: se sentía el nuevo Dalí, el Dalí del s.XXI.
1 comentario
Ivan Hervas Ramirez -
No sabia esta faceta tuya!
Que calladito lo tenias eh...
No entiendo mucho de lectura, pero veo que se te da muy bien... "SE NOTA LOS AÑOS DE ESTUDIOS".
Un beso y un abrazo de tu hermano y de tu cuña...!!